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domingo, 29 de abril de 2012

IV Congreso de la Palabra: Palabra en obras


El Instituto de la Cultura de Guanajuato realizó por cuarta vez consecutiva el exitoso Congreso de la Palabra. Silvia Molina, Antonio Malpica, Mónica Hoth, Carola Díez, Eliana Pasarán, Julio Edgar Méndez, Leopoldo Navarro, Levit Guzmán y otros destacados creadores participaron del 23 al 27 de abril en unas jornadas tan inolvidables como las de las ediciones anteriores del Congreso. Es notable la respuesta del público año tras año, pues centenares de voluntades han sido arrebatadas por el entusiasmo que genera la palabra y personas que se han sentido convocadas han acudido a enriquecer el Congreso con sus aportaciones, su entusiasmo, curiosidad y análisis. 
Tuve el honor de ser invitada a compartir mi camino literario en la clausura del Congreso, el 27 de abril a las 6 de la tarde, donde construimos entre todos un vibrante diálogo. Como en el Primer Congreso de la Palabra, dedicado a la oralidad, donde presenté el proyecto Voz y Mirada, en este consagrado a las maneras de leer, nos fuimos del auditorio del Hotel Hotsson, pero nos quedamos y nos quedaremos siempre en la Palabra.

El Naranjo y Copo de Algodón: presentes




Palabra en obras
Por María García Esperón

En el fondo de cada palabra, dijo un poeta francés, Alain Bosquet, asisto a mi nacimiento. Cuando por algún merecimiento o por un don podemos llegar al fondo de las palabras, es entonces que nacemos.
Y en ese momento de privilegio, el mundo nace con nosotros. Se hace nuevo, nos situamos en el centro de los acontecimientos, en el centro mismo de nuestra propia historia, en el centro del devenir, y ya no nos escapamos hacia el olvido, sino que misteriosamente permanecemos en la memoria.
Porque somos seres destinados a la Memoria, por don o por merecimiento. Porque somos seres que rehuimos el olvido, esa enfermedad del alma, como la definió Platón. Y para derrotar el olvido tenemos precisamente la Palabra.

Durante la conferencia de Julio Edgar Méndez y Leopoldo Navarro

La Palabra nos tiene. De ella, de la Palabra como portadora de Memoria, quiero hablarles y describirles un poco el camino de asombro que he recorrido desde que escribí la primera frase de mi primera novela, centrada en el mundo griego y construida en torno al primer impreso de la historia: el disco de Festos, un mensaje dejado por hombres remotos y confiado a una fosa en un palacio de la isla de Creta hace 3600 años.
Escribí imantada por ese antiguo mensaje, todavía indescifrado. Por esos jeroglíficos que yo intuía palabras y que sin cesar me hablaban sin revelarme su secreto desde que los descubrí, adolescente, en un libro de arqueología que al azar hojeaba.
Pero ¿existe el azar? No si de letras se trata, no si de la palabra se trata. No si se trata de la memoria. No si se trata de leer la voz escrita de un ser humano o de varios que quisieron dejar una huella de su paso por este sueño que llamamos vida. A los 14 años el disco de Festos me habló, y quedó para siempre en mi memoria.

Con Jesús Rodríguez, coordinador de la Biblitoeca El Nigromante

Pasaron muchos años y yo, por leer al lado de mi hijo literatura infantil y juvenil, sentí la necesidad de escribir un libro. El tema advino a mi conciencia como una saeta: el disco de Festos. En el año 2003 yo había descubierto apasionadamente Internet y sus recursos y sentí que por alguna razón misteriosa, el disco de Festos de los antiguos minoicos y la red de redes tenían que asociarse, siendo ambos en un sentido una especie de laberinto. Y escribí la novela poniendo como personaje principal a un joven francés real que mantenía por entonces un muy completo sitio web, desde la óptica del aficionado, si se quiere, pero con el entusiasmo y pasión que los aficionados tienen por los temas que aman.
La investigación corrió al parejo con la creación literaria. La Memoria y la Imaginación se conjugaron en un ejercicio literario que me resultó apasionante por sí mismo. Creaba personajes y podía conversar realmente al menos con uno, Philippe, el chico francés, que seguía los pasos de mi novela con un enorme entusiasmo, nos comunicábamos a través de una caja de chat, situación que se recrea en la novela. Y de este modo me empecé a acercar al centro del misterio del disco de Festos. En la parte de investigación, los estudiosos del disco insistían en el hecho de que no podía descifrarse a menos que se encontrara un objeto parecido, otro disco que portara algún signo afín.

José Alberto López García  es coordinador general de las Casas de Cultura en Guanajuato

Al terminar de escribir el libro, fue publicado en la revista National Geographic un hallazgo portentoso: en Alemania, en Sajonia Anhalt, buscadores de tesoros habían encontrado un disco de bronce con incrustaciones de oro que figuraba el cielo estrellado y al que de inmediato se empezó a llamar El Disco del Cielo.
Y de inmediato, con ese título, me puse a escribir la continuación de mi novela, a la que había llamado “El Disco del Tiempo”. La llevé a un concurso importante de literatura infantil y juvenil y casi me olvidé, tan absorta estaba en la ficción que había emprendido, en esa vida en las páginas, en ese brillo de oro del otro disco, que lleva en su superficie uno de los signos del disco de Festos: los siete puntos que figuran las Pléyades, esas estrellas tan importantes en el hemisferio norte, tan relacionadas con la agricultura y las lluvias. Las Pléyades, ese signo de 7 puntos, empezó a dibujarse ante mis ojos como una Palabra.
Pasaron los meses y el Conaculta y la Editorial SM me informaron que había ganado el premio El Barco de Vapor. De esta manera mi novela y mi sueño, mi amigo francés y mi pasión adolescente por el disco de Festos pasaron a formar parte de un libro. Se convirtieron en Palabra, en portadora de Memoria. Y desde 2004 este libro ha sido apetecido por muchas escuelas en México, Centroamérica y Chile por su temática centrada en la cultura griega y porque presenta un mundo interrelacionado a través de internet.
Apenas el año pasado, supe que el Ministerio de Cultura de Costa Rica había adoptado El Disco del Tiempo como parte de las lecturas oficiales para secundaria. Por esos meses, National Geographic –otra vez!- realizó un programa de televisión para su serie los expedientes antiguos X, centrada en el disco de Festos. Para protagonizarla invitaron a una persona extraordinaria, un estudioso británico apasionado de Grecia y en particular del disco, que ha adoptado Creta como su patria y se ha casado con una arqueóloga griega. Gareth Owens se llama este estudioso, quien al revés de todos los demás expertos del Disco de Festos afirma que el desciframiento está cercano. Él también relacionó el mundo de las computadoras con este objeto tan antiguo y llevó el disco a un musicólogo para que a través de un programa de computadora lo tradujera a un patrón musical. Y así fue, así se hizo. El experimento reveló la estructura del mensaje, pues se repite una especie de estribillo. Una rima. Es un poema, un himno, tal vez en honor a la Diosa Madre de Creta, que no es sino la Madre Universal, la intemporal, la única, el Eterno Femenino de Goethe y nuestra madre concreta, la de cada quien, la que nos ama y espera, y la Madre Tierra.

Con Alex, Pepe y Liliana, los organizadores del Congreso de la Palabra

Y, aquí viene lo emocionante, en esos meses ese investigador brillante, una especie de Indiana Jones académico y muy gentil, se comunicó conmigo pues había visto mi libro en Amazon y me solicitó atentamente que se lo enviara. Lo que hice de inmediato, también llevada por fervor patriótico. No es común que esos intereses arqueológicos provengan de Latinoamérica, son las escuelas arqueológicas del Reino Unido, Francia y Alemania principalmente, las que han apostado capital e inteligencia para develar el pasado de Europa. Pero es que el pasado de Europa es también nuestro pasado, como latinoamericanos, pues tenemos las dos tradiciones, la occidental y la indígena americana. Tenemos todas esas Palabras y nuestra aventura humana tiene la obligación o el fervor de develarlas todas.
Volviendo a lo emocionante, desde 2004 yo he publicado en internet –primero en sitios web y después en blogs- mucho material en torno al disco de Festos. Conectado con la emisión del programa de National Geographic que les cuento, comenzaron a llover en el blog que dedico a mi novela El disco del tiempo multitud de visitas de países hispanohablantes.
El Disco de Festos era propiedad británica, y francesa, en un sentido! Y con este sueño, con esta novela juvenil y su reverberación en internet, se ha contribuido a aumentar la cultura del disco de Festos en el mundo hispanohablante. He tenido además interesante correspondencia con profesores costarricenses especialistas en cultura clásica que se han interesado en el libro y han elaborado material para que los alumnos de ese país puedan comprender cabalmente el mundo de Europa y de Minos, de la princesa Ariadna y su madre Pasífae, de Teseo y el Laberinto. Nada más y nada menos que la cuna de los mitos.
Y ya que hablamos de mitos, es misión del poeta, dijo el gran Jorge Luis Borges, hacer que las palabras vuelvan a sonar como mitos. Que las palabras con minúscula vuelvan a ser Palabra. Así, con mayúscula. Que eso de sagrado que tienen los mitos permee en el discurso cotidiano. Que volvamos a ser grandes de palabra, que rescatemos el lenguaje de la destrucción y del olvido, que temblemos como enamorados ante la belleza de una sola palabra, por ser portadora de tanta memoria, de tanto anhelo, de tanto amor.
No hay nada más hermoso, más eufónico y misterioso, que el nombre del ser amado. Es la palabra por excelencia, la que brota en los paisajes que recorren nuestros ojos. Ese nombre es sagrado, inagotable, puro como el agua pura, melancólico y esperanzado. Sentido en sí mismo, talismán de inmortalidad y de memoria
Amar a alguien es decirle: tú no debes morir, dijo Gabriel Marcel.
Por el amor, que nos hace ver a los otros como los ve la divinidad, dijo Borges.
Pues así, como el nombre del amado, es todo el mundo a la luz de la Palabra.
Ella, la Palabra, nos presenta todo el mundo atravesado por ese vibrante misterio, por esa belleza ineludible que nos hace enamorarnos, que nos llena de entusiasmo, que nos lleva a emprender aventuras como la que les he narrado, en el curso de las cuales caminamos como si lleváramos una antorcha encendida en la mano, sí, como la llama olímpica, para que nunca se extinga el fuego en el altar de la Palabra. Para que sigamos siendo seres de inmortalidad y de memoria. Brillantes y vivos. Renacidos. Para que seamos Palabra de honor, palabra de amor, Palabra en Obras. Depende de nosotros.


sábado, 21 de abril de 2012

En el nombre del libro: Hacia una nueva Alejandría





En el nombre del libro

Hacia una nueva Alejandría


Por María García Esperón


En el nombre del libro… Hacia una nueva Alejandría… ¿Qué hay en estas expresiones, en estas palabras que dan título a la charla que sostendremos hoy, en una tarde mexicana del siglo XXI y del incipiente tercer milenio?
Hay mucha historia. Hay esperanza en la palabra, en la comunicación entre los seres humanos y hay una voluntad por ir hacia el pasado para traer sus mejores tesoros a este nuestro presente que nos aparece a veces desorientado, perplejo, hambriento de palabra, de sueños, hambriento de libertad y de libros.
Los libros, dijo Jorge Luis Borges y me gusta repetirlo, son extensiones de la Memoria y de la Imaginación. Así, con mayúsculas: Memoria. Imaginación. Memoria para los antiguos griegos era una diosa, Mnemósyne y era la madre de las Musas, por tanto la madre de las artes y de la historia.
Imaginación es la facultad relacionada con esa capacidad que tenemos los seres humanos de convertir nuestros sueños en realidad.
Otro poeta, Federico García Lorca, dijo que los mitos creaban al mundo.
Y el mito es en muchos sentidos un sueño.
Y el mito es en muchos sentidos una palabra.
Los sueños y las palabras, queridos amigos, crean el mundo. O mejor: crean un mundo más pleno, más sensible, más bello.
En esa creación de mundos bellos, sensibles y plenos, el instrumento  por excelencia es el libro. Y en su nombre les propongo que hagamos un viaje en el tiempo y en el espacio y nos traslademos desde el tercer milenio al primero –unos trescientos años antes del primero-; del siglo XXI al siglo IV a.C., del fugitivo presente al misterioso pasado.

Y en el nombre del libro brota el nombre de una ciudad: Alejandría. El faro del mundo antiguo. La Ciudad del Faro. La Ciudad de la Biblioteca. La primera que justamente podría llamarse la Ciudad del Libro.
Antes de ser una ciudad, Alejandría fue un sueño. El sueño de un ser humano excepcional, que se llamó Alejandro y a quienes sus contemporáneos y la posteridad honraron con el epíteto de El Grande, el Magno. Alejandro Magno.
Este gran soñador, como han sido aquellos que nos han entregado el maravilloso mundo en que vivimos, además de ser príncipe de Macedonia, guerrero por destino y conquistador del mundo, era un apasionado del libro, que por aquel entonces tenían forma de volúmenes, esto es, de rollos. Es fama que dormía con los rollos de la Ilíada y con una daga macedónica bajo la almohada. Las letras y el poema homérico lo impregnaron de tal modo que su conquista de Oriente se inicia en Troya –en la actual Turquía- donde dejó una ofrenda en el túmulo de Aquiles. Siempre quiso comportarse a la altura de los héroes que veneraba, ser digno de los dioses y ser digno de sus sueños.
Por eso la ciudad que lleva su nombre, la inmortal Alejandría de Egipto, participa de esta cualidad misteriosa. Es un mundo surgido de un soñador. Es un mundo surgido de un nombre. De todo eso que resonaba en el nombre de Alejandro.
En Egipto, donde fue aclamado como Libertador, navegó de Menfis al Delta y en las proximidades del Lago Mareotis visualizó el sitio ideal para hacer una ciudad. Estaba tan convencido, miraba tan bien el futuro, que arrastró a arquitectos e ingenieros en una caminata frenética: aquí será el mercado, aquí el templo, aquí el camino real. Quería dibujar la ciudad en el suelo pero no tenía cal, y un hombre le ofreció un saco de harina. Casi inmediatamente después de trazada sobre la base de la clámide (capa) macedonia, las aves descendieron a alimentarse y esto se convirtió en un oráculo. Alejandría alimentará a muchas generaciones de hombres.
Pues ese sueño nos sigue alimentando.
Alejandro no vio construida su ciudad. Llegó a ella muerto, momificado en un carro magnífico. Su compañero de armas Tolomeo, que reinaba en Egipto, logró quedarse con el cadáver real que todos disputaban, para de este modo hacer sagrada la ciudad de Alejandría, la nueva capital de Egipto.
Y se construyó una tumba magnífica, llamada a veces Sema y a veces Soma, que en griego significan respectivamente, Tumba y Cuerpo. Ya Alejandría estaba dividida en cinco barrios, designados con las primeras letras del alfabeto griego: alfa, beta, gamma, delta, épsilon, que tradicionalmente componen por sus iniciales una frase griega: Alexandros basileus genos Dios ektise genos aeimneton (Alejandro, hijo de Dios construyó una ciudad memorable).
La ciudad del Faro. La Ciudad del Museo. La Ciudad de la Biblioteca.
Nunca tantas cosas han sido pensadas por tantos sabios extraordinarios en un solo lugar: la Biblioteca.

Aristarco de Samos entrevió el giro de la tierra alrededor del Sol, calculó las distancias relativas entre el sol, la tierra y la luna. Hiparlo de Nicea vislumbró la precesión de los equinoccios. Aristófanes de Bizancio edificó el primer diccionario y Euclides alumbró su geometría. Allí los poetas del mundo helenístico avanzaban ilusionados y vestidos de blanco para hacer entrega de sus volúmenes. Allí pasaron admirados Julio César, y Augusto y ahí y sólo ahí se tradujo la Biblia al griego.

La Biblioteca… ¿qué era, que no es la biblioteca sino un diálogo con la cultura? El diálogo no se puede destruir, no se puede quemar. Cuando los árabes tomaron Alejandría en el siglo VII la cultura grecorromana estaba exangüe. Ya los cristianos habían despedazado a la matemática Hypatia y arrancado las inscripciones jeroglíficas del templo de Filoé.

Dijo Bernard Shaw en su obra “Antonio y Cleopatra” que la Biblioteca de Alejandría es la Memoria de la Humanidad. Esta Memoria es sagrada, ¡sigue siendo una diosa! En su nombre y en el del libro volvamos de este viaje de palabras que hemos hecho, retornemos de los orígenes deseados y contemplemos desde el siglo XXI y el albor del Tercer Milenio la posibilidad de una nueva Alejandría, brotada también de un sueño, y hecha a la medida humana, como la antigua fue trazada siguiendo el contorno de la capa de Alejandro.

Hace 7 años, yo le escribí en forma de novela una larga carta a Alejandría, a una ciudad sumergida, a una Biblioteca quemada, borrada o hundida, a un faro de ojo ciego. Esa carta siguió un camino que yo solamente podría describir como mágico: ganó un concurso internacional, se convirtió en un libro, fue distribuido en varios países latinoamericanos y se llama precisamente “Querida Alejandría”, uno de los libros que conforman la selección del proyecto “Libros Libres” que hoy me trae ante ustedes. Este libro ha transportado mi sueño y lo ha puesto ante los ojos de muchos jóvenes, principalmente, a los que he podido transmitir mi amor por Alejandría, por su biblioteca, por su conocimiento y por su poesía.  Quiero pensar (y quiero soñar) que todo esto construye una nueva Alejandría donde no hay fronteras ni barreras ni guerras ni incendios ni destrucción de bibliotecas, sino un diálogo que construye humanidad.

Un sueño es un acto íntimo. Surge de la interioridad más profunda, de ese lugar donde duermen y se alimentan nuestros anhelos, nuestros deseos. No hace falta ser ni famoso ni poderoso ni personaje histórico para que ese acto íntimo que se llama sueño  se ponga en operación y nos entregue y entregue a los demás un mundo nuevo y esperanzado, una nueva Alejandría.
En el nombre del sueño y en el nombre del libro, muchas gracias.


*Conferencia pronunciada en el Auditorio de Bancomer para el lanzamiento del programa Libros Libres, auspiciado por Ediciones El Naranjo, en la institución.

La presentación a cargo de Raúl Henry

Con Angélica Antonio y Raúl Henry frente a los libros libres

Con Ana Laura Delgado y Raúl Henry

Con Nora Patricia, doctora en medicina y lectora impresionante.


Aurelio González Ovies: El poeta que viene del Norte




jueves, 24 de noviembre de 2011

Viaje al centro de la felicidad

Viaje al centro de la felicidad
La lectura como eudaimonía

María García Esperón

Los niños lectores encuentran en el libro el espejo de su condición sagrada.

Estamos aquí para hablar de libros y de jóvenes en primer lugar del sentimiento más poderoso que la lectura convoca, el que emana desde la primera página hasta la última, el que queda flotando en el aire cuando se cierran las tapas de estas extensiones de la memoria y de la imaginación, que como dijo Borges, son esencialmente los libros.
Para el sabio Aristóteles, toda vida es una eudaimonía: una tendencia hacia la felicidad. En este sentido, todo volver las páginas y repasar con el dedo los renglones, evocar alguna palabra, un verso o una historia leída es una voluntad de felicidad. Leer, así, sería una ética que persigue la felicidad como su fin último, pero una ética y una persecución que va encontrando su fin en su mismo hacerse, en su mismo leer y leerse.
Quien practica un arte o un deporte ha sentido ese estado especial que parece crear una burbuja protectora a su alrededor: al bailar el estrés se suspende, al pintar los colores del mundo cambian de velocidad y de tesitura y se hacen amables, al entonar la piel y los músculos en el juego en equipo y acelerar la sangre y el entusiasmo queda un remanente de buen humor y de apetencia de más juego, de más oxígeno, de más colores. Los artistas y los jugadores repiensan el mundo y lo re-sienten, lo resignifican y lo dignifican.

Quienes leen mucho han soñado mucho. Y quienes mucho han soñado y leído también han amado incansables, han amado por toda la eternidad y gracias a que han leído ese amor que se vive en todas las letras del mundo se conservan eternamente jóvenes.

Así el lector distendido en su libro, a pegaso de letras y alado de párrafos vuela en pos de espacios felices que son el vuelo mismo. Un libro y un filme –La historia interminable- han tipificado admirablemente esos momentos mágicos en que nos urdimos de letras al introducirnos valerosos y confiados, guerreros y amantes en lo que dicen los libros, en lo que nos dicen los libros.
Porque al leer dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en nosotros mismos pero plurales, polidimensionales, potencialmente infinitos. Cuando la infancia descubre la lectura en este sentido no apetece juego más alado, magia más absoluta. Los niños lectores encuentran en el libro el espejo de su condición sagrada. Porque la infancia es ese estadio de la edad humana en que la realidad se percibe en su misterio completo, en sus colores prístinos, en su sol absoluto, en sus cuevas llenas de tesoros y en el amor inmortal y dulce y misterioso y puro.
Quienes leen mucho han soñado mucho. Y quienes mucho han soñado y leído también han amado incansables, han amado por toda la eternidad y gracias a que han leído ese amor que se vive en todas las letras del mundo se conservan eternamente jóvenes. Porque han labrado su interioridad con el cincel purísimo de la conciencia de quien ha escrito esas letras que filtran su sonido como una caracola por el oído todo ojo del lector, sobre todo cuando éste es un niño, cuando ésta es una niña.

Porque nos reconocemos felices cuando leemos. Felices y satisfechos. Porque en nuestro leer tenemos la llave para hacernos felices, para alcanzar el ser pleno.

El arduo Gilgamesh de la voz cuneiforme pidió a Utnapishtim le revelara el secreto de la inmortalidad. Con gusto lo haré, dijo el Noé babilónico, te lo diré en el curso de mis historias, que has de escuchar sin dormir, aunque te parezcan largas o con vocablos y expresiones sin aparente pertinencia. Entreverados en mis sentencias, mis descripciones, mis memorias encontrarás la inmortalidad, la juventud, el amor, la eternidad. ¡Pero no te duermas, Gilgamesh! Y Gilgamesh cansado por el viaje emprendido y por sus muchas aventuras, se duerme y no se entera. Del mismo modo el dormido Odiseo no se enteró que estaban a su alcance los perfiles de su Ítaca cuando sus compañeros abrieron la bolsa de los vientos que los llevaron otra vez al exilio y a la incertidumbre que obtienen quienes no están despiertos del espíritu, quienes no escuchan con la mente, quienes no leen con la piel y el amor y la esperanza y los ojos bien abiertos.

Porque no basta leer por prescripción y convertirte en estadística o en índice de lectura. Hay que leer despierto, hay que despertarse en los textos. Hay que despertar al texto. Besarlo con el amor del alma, beberlo con toda la sed de los desiertos, romper los cardos y las ortigas de los cien años de olvido, atravesar con la espada del entusiasmo al dragón de la indiferencia, a la hidra de la ignorancia conforme, al leviatán de la moda que uniforma y tipifica y anestesia la conciencia anhelante.

Porque nos reconocemos felices cuando leemos. Felices y satisfechos. Porque en nuestro leer tenemos la llave para hacernos felices, para alcanzar el ser pleno, otra vez: eudaimonía eufónica y sinfónica, donde escuchamos resonar nuestras potencias intelectuales y afectivas como si de un concierto se tratara, donde escuchamos con los ojos las voces de nuestro pasado y percibimos el murmullo esperanzado de nuestro futuro. Leer es la experiencia completa, la máquina del tiempo, la alfombra mágica, el viaje efectivo y poderoso al centro presente y perfecto de nuestra propia felicidad.

*Conferencia pronunciada en el Infonavit. México, D.F. Febrero 2011

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tiempos interesantes


Dentro del proyecto de animación a la lectura que Ediciones El Naranjo viene construyendo, el lunes 5 de septiembre fui invitada a dar una conferencia en el Grupo SADASI, donde al lado de Ana Laura Delgado, Angélica Antonio y los directivos y personal de SADASI vivimos una inolvidable tarde llena de emociones literarias y vitales y donde todos los asistentes accedieron a emprender el viaje más emocionante que imaginarse pueda: a través de las páginas de un libro. 


Tiempos interesantes
Por María García Esperón

These are interesting times
Gareth Owens

Buenas tardes, gracias por venir a hablar de dos de las realidades más hermosas que puedan existir: la libertad y los libros. La libertad, como dijo el poeta Horacio en un libro, tiene el nombre dulce. Los libros, tienen forma de libertad, de alas tendidas al vuelo, son sin duda el arquetipo de la trascendencia, del anhelo de inmortalidad, abiertos disponen sus hojas en manos de plegaria porque no mueran ni el amor ni la belleza, ni el conocimiento ni la amistad.
Libros: forma de libertad. Pero ¿cuál es la forma del libro? Ahora que la forma tradicional de publicar y el libro impreso atraviesan por la revolución de los soportes electrónicos vale la pena meditar en su esencia, recordar su camino, cerrar los ojos en esta tarde de septiembre y abrirlos en la noche de los tiempos.
Que sea septiembre también, en una isla muy hermosa, de clima incomparable, de majestuosas montañas, de valles donde se entonan todos los colores del arcoíris. Una isla que llamamos Creta porque así nos la nombró el poeta Homero en la Iliada y la Odisea, una isla gobernada por un poderoso monarca llamado Minos, poseedor de una armada formidable, dueño y señor del Mediterráneo.

Vivimos sin lugar a dudas, tiempos interesantes. Tiempos en los que podemos llevar a la realidad sueños antes impensables. En los que podemos poner a volar la imaginación y la libertad a través de esas aves de memoria e inmortalidad que son los libros.

La luna en Creta es una diosa, se llama Pasifae: la que brilla sobre todo. El toro en Creta es un dios, encarnación plástica y viviente de los poderes de la tierra, del dios Poseidón que agita los huesos del planeta y produce los sismos, sismos terribles que han destruido ciudades enteras y cuya memoria siempre es presente.
El pueblo de Minos practica las artes. También las letras. Tienen dos sistemas de escritura corriente y uno sagrado, jeroglífico, de signos sagrados. Tienen pues libros que en este imperio del mar son tablillas de arcilla. Alguien en algún momento ordena un libro diferente, un libro que tenga la forma de la luna, la forma del sol, que sea un disco y que en él se disponga un poema a la manera de un laberinto, a la manera de una tela de araña.

El Disco de Festos
Y el mensaje se escribe. Se mandan fabricar sellos de oro para imprimir el poema. El disco de arcilla se hornea y su superficie ambarina arde con el misterio de los signos que soporta. Este libro circular, que cabe en la palma de la mano, surcado de dibujos que son palabras, de palabras que son sonidos… se deposita silencioso y consagrado en una fosa de un palacio exquisito.
Y pasa el tiempo, y en el tiempo pasan sucesos. Sucesos naturales e históricos. A pocos kilómetros de Creta explota una isla, la más hermosa, Kaliste, que también se llamaba Thera. Una serie de tsunamis arrasan con las costas, succionan los navíos, inundan las grutas sagradas. Una cadena de sismos conmueven los cimientos de los palacios. La destrucción es casi total, el imperio de Minos se doblega y mustia y sobre él se establecen los duros señores micénicos, los reyes guerreros que canta Homero en su Ilíada, los que se llamaban pastores de hombres y wannax, esa palabra que no es griega.
Y pasa el tiempo. Arenas, polvo, animales, vida, asentamientos de pueblos diversos. Pasan mil años y otros dos mil y quinientos y el libro aquel, circular, laberíntico, eterno, con su poema ardiente y consagrado permanece oculto, bajo la tierra.

Sir Arthur Evans
En otra isla, a principios del siglo XX, un hombre de genio fue capaz de intuir ese pasado, de escuchar la voz de una civilización sepultada por el tiempo y por la tierra, de ir a buscar sus libros. Y los encontró, encontró todo, el laberinto y la “biblioteca”, cientos de tablillas con escrituras, frescos, palacios, historia, color y vida. Se llamaba Arthur Evans. Encabezó y sufragó una de las más impresionantes misiones arqueológicas que hayan existido jamás. De su propio bolsillo, con el apoyo y respeto de su patria, Arthur Evans sacó a la luz la civilización más antigua de Europa, devolvió a los europeos su glorioso pasado, equiparable al del Egipto milenario.
Ya casi al final de su vida, nonagenaria, Arthur Evans impartió una conferencia en Londres a la que asistió un niño de 13 años. El viejo arqueólogo se lamentaba de que los “libros” que había encontrado, esas tablillas de arcilla surcadas de signos, no podían leerse, no existía la clave para que fueran descifradas, se ignoraba su lenguaje. Incluso ese disco de arcilla, que no había encontrado él, sino un arqueólogo italiano, a pesar de tener dibujos que podían comprenderse en su mayoría, permanecía indescrifrado.
Michael Ventris
El niño de 13 años recogió el sueño del arqueólogo, más que arqueólogo, descubridor de Humanidad. Se llamaba Michael Ventris, se hizo arquitecto y a lo largo de 20 años ideó un sistema para intentar traducir las tablillas. Y lo logró, a mediados de la década de 1950, a través de la radio se anunció al mundo que las tablillas estaban escritas en griego. Y que no era un alfabeto, sino un silabario. La emoción que atravesó el planeta fue indescriptible, parecida a lo que sintieron los europeos cuando Champollion en el siglo XVIII logró descifrar la escritura egipcia gracias a su análisis de la piedra de Rosetta.
Pero nuestro libro circular, ese poema resguardado por el tiempo y por la tierra, permanecía indescifrado. Otros investigadores lo intentaron y muchos soñadores han ensayado hacerlo hablar desde entonces.
Todo en vano.
El libro circular, el libro-disco libre permanece en su museo, en Herakleion, capital de Creta, como un reto para ser leído, como una aventura para quien quiera correrla.

En primera persona

Ahora hablo en primera persona. Amando el pasado como lo amo, sintiéndolo como lo siento a taravés y principalmente de esas extensiones de memoria e imaginación que son los libros, a través de un libro muy libre, descubrí en mi adolescencia el disco de Festos. Y como el niño de 13 años que escuchó al arqueólogo, recogí inconscientemente su reto y su pregunta.
Me han presentado aquí como una escritora de literatura infantil y juvenil. Y lo que yo quisiera decir ahora es que empecé a escribir precisamente por ese reto, por ese mensaje guardado en el disco, para saber qué dice, para leer ese “poema”. Entusiasta de internet, se me ocurrió escribir una novela que fuera una investigación y donde los jóvenes fueran los protagonistas, y donde las herramientas de comunicación que brinda la red y los modos de pensar y de analizar que se siguen de los hábitos cibernéticos, los instrumentos para estudiar ese libro, para disfrutar de ese poema.

Philippe Plagnol
Un joven francés, Philippe Plagnol, quien existe verdaderamente e hizo un sitio web a propósito del disco de Festos a fines de la década de los noventa, que fue cuando descubrí Internet, fue convertido en el personaje principal. El otro personaje es Nuria, una chica mexicana, para reivindicar para México, a través de este sueño, una aventura de este tamaño. Esta fue mi primera novela y se llama El Disco del Tiempo, ganó un importante premio de literatura juvenil y significó el haber encontrado mi camino de escritora. La secuencia de esta novela, sobre otro objeto arqueológico igualmente fascinante, el Disco de Nebra, ha sido publicada en Cuba, y se llama El Disco del Cielo.
El año pasado, el gobierno de Costa Rica eligió El Disco del Tiempo como parte de las lecturas obligatorias para secundaria. Esto significó un gran aumento de lectores y una lluvia de visitas en los sitios internet que llevo paralelamente a mis libros. Como por arte de magia, National Geographic emitió en los meses pasados un programa que se ha repetido mucho en torno al Disco de Festos. Esto hizo que los visitantes a mis sitios internet se multiplicaran. 

Gareth Owens. Foto: National Geographic
El programa fue estelarizado por el principal estudioso actual del libro, el Doctor británico-griego Gareth Owens, quien vive en Creta y encabeza el Proyecto Daidalic para investigar las escrituras cretenses y el disco de Festos. Él ha podido descifrar una palabra y mediante la ayuda de un programa de computadora transladar a lenguaje musical el mensaje del disco. Esto revela que tiene estructura de himno o de poema y que la investigación va por buen camino.
Lo que comenzó como un sueño adolescente, un libre sueño de libros, es ahora una aventura cultural en la que quiero involucrar a todos ustedes. Me puse en contacto con Gareth Owens, quien ya estaba enterado de mi libro y me pidió encarecidamente se lo enviara. El Disco del Tiempo ahora está en Creta y a la isla hermosa a propósito de la que iniciamos esta charla ha llegado al suelo de Minos y Ariadna, de Minotauro y Pasifae. y una vez puestos a soñar, a fabricar recuerdos de futuro, es imposible detenerse:   ¿Y si un joven mexicano, costarricense, chileno recoge ese reto, como Michael Ventris recogió el sueño de Arthur Evans? Y si un joven de Guatemala, de Colombia, de El Salvador inventa un método y puede decirle a Europa en el siglo XXI “te devuelvo este lenguaje”, "te devuelvo las voces de estos hombres y estas mujeres, de estos niños"..?

Vivimos sin lugar a dudas, tiempos interesantes. Tiempos en los que podemos llevar a la realidad sueños antes impensables. En los que podemos poner a volar la imaginación y la libertad a través de esas aves de memoria e inmortalidad que son los libros. En los que podemos decir: Yo no soy, sino a través de los otros, quienes me dan plena existencia. En que podemos interesarnos los unos por los otros, leernos, extendernos, recogernos los sueños y a través de estos libros escritos entre todos, ser, como nunca antes en la historia de la humanidad, libres. Libres para soñar, para conocer, para proyectar e interrelacionar, para decir con todas sus letras y llenar todos los sentidos de la hermosa frase de los clásicos: Hombre soy y nada humano me es ajeno.



martes, 22 de noviembre de 2011



Todo es jeroglífico *
Lee, lee y relee… y encontrarás
(Maxima alquímica)

¿Por qué un texto despierta nuestra curiosidad? Porque intuimos que encierra tesoros ocultos o algún misterio. Un libro cerrado es una promesa de viaje, de hallazgo, de conocimiento.

Decía Borges que la misión del poeta es logar que las palabras vuelvan a ser mitos, esto es, verdades profundas que se comunican en lenguaje imaginario. Refrescar el lenguaje, recrearlo, retornarlo a su condición sagrada.
Para los antiguos egipcios, de quienes hablaremos mucho en el transcurso de esta charla de personas que gustan de leer y de escribir, la dimensión sagrada del mundo se expresaba a través de los jeroglíficos. Hieros, sagrado, glyphos, obra tallada, por extensión signo.
Desde la mirada sagrada de la espiritualidad egipcia, todo es jeroglífico, pues en todo alienta la respiración sagrada de los neter o dioses.
La escritura, la lectura, en el alba de esta civilización poderosa son cosa de dioses, de eternidad, de trascendencia, de conocimiento, de realidad. Una serpiente jeroglífica es tan esencial como la que se arrastra por la arena, y el escriba tiene a bien representarla atravesada por una lanza para que no muerda a los lectores. Tres mil años de civilización, desde las imponentes pirámides que hoy nos asombran hasta los delicados templos de los Ptolomeos, la piel de Egipto se cubre de signos, de sagrados signos, de jeroglíficos. La pirámide de Keops es eso, un signo, como lo son los templos y los obeliscos.

El libro cambia porque nosotros cambiamos, los sentidos se diversifican, las posibilidades se multiplican. Después de un libro no somos los mismos, algo ha ocurrido.

¿Por qué un texto despierta nuestra curiosidad? Porque intuimos que encierra tesoros ocultos o algún misterio. Un libro cerrado es una promesa de viaje, de hallazgo, de conocimiento. Como dijo Heráclito de Efeso, no podemos bajar dos veces a las agues de un mismo río, pues tampoco pasamos dos veces por las páginas de un libro. El libro cambia porque nosotros cambiamos, los sentidos se diversifican, las posibilidades se multiplican. Después de un libro no somos los mismos, algo ha ocurrido.
Una transformación hemos experimentado, un crecimiento anímico, un contacto con esas dimensiones invisibles que nos compelen a ampliar nuestro ser, a perfeccionar nuestras potencias, a crecer interiormente. Es una dynamis, una fuerza apasionada que se contrapone a la apatía, es un ejercicio que crece ejercitándose, es un placer y una aventura y un misterio. Es una elección también, porque no todos la toman, porque en algunos hay miedo o debilidad o apatía. Es evolución y revolución en y por nosotros mismos.
Podemos leer. Podemos desentrañar los sentidos que aprisionan y liberan las letras. Podemos escribir, poner a vivir nuestros pensamientos en una nueva vida, continuar la ya existente, resucitar presencias y traer a la existencia bellezas antes de escritas, inexistentes.
Uno de los momentos más impresionantes en la historia de la humanidad fue el de la invención de la escritura. Reflejar el mundo multiforme en un conjunto de signos, cada uno con su esplendor, tembloroso de dioses, se hizo en el antiguo Egipto una religion de la letra. Pero 3 mil años son muchos y el significado de los jeroglíficos se perdió.

Podemos leer. Podemos desentrañar los sentidos que aprisionan y liberan las letras. Podemos escribir, poner a vivir nuestros pensamientos en una nueva vida, continuar la ya existente, resucitar presencias y traer a la existencia bellezas antes de escritas, inexistentes.

Uno de los momentos más impresionantes en la historia de la humanidad fue cuando esa escritura olvidada pudo ser leída. Y esta proeza la llevó a cabo un solo hombre. Un solo hombre recuperó el legado de hombres incontables que se sucedieron a lo largo de 3 mil años. Un solo lector devolvió a la humanidad el esplendor de una civilización. De cómo este sentido fue recuperado por un solo lector convirtiendo la aventura de leer en una de las más grandes que pueda correr la humanidad y de cómo al leer se despiertan mundos dormidos y se trae al presente la herencia riquísima del pasado, tratará este paseo a través de imágenes y de Historia y de siglos que les propongo hagamos juntos, partiendo de una maxima alquímica:

Lee, lee y relee y encontrarás…

*Introducción de la conferencia pronunciada en el Curso Estatal para Asesores Acompañantes, del Plan Estatal de Lectura del Estado de Hidalgo en la ciudad de Pachuca el 30 de septiembre de 2011.